A continuación, se presentan los niveles de desempeño de la PAES de Competencia Lectora. Los niveles de desempeño son descripciones de lo que típicamente saben y son capaces de hacer los y las estudiantes en función de sus puntajes en la prueba. Es decir, constituyen una guía para interpretar los puntajes de la prueba en términos del nivel de dominio de la Competencia Lectora.
La PAES de Competencia Lectora es el instrumento de evaluación que provee información respecto al desarrollo de dicha competencia en los y las postulantes a la Educación Superior para que las universidades la utilicen en sus procesos de selección.
¿Qué mide la prueba de Competencia Lectora?
La Competencia Lectora se entiende como la capacidad de resolver tareas de lectura mediante la aplicación de conocimientos y el despliegue de las habilidades de localizar, interpretar y evaluar en textos de diferentes formatos, presentes en diversos contextos y de acuerdo con distintos propósitos.
¿Cómo se evalúa esta competencia?
Se evalúa la Competencia Lectora, teniendo como referencia los conocimientos asociados al eje de Lectura de las Bases Curriculares de 7° básico a 2° medio, a través de tareas de lectura asociadas a textos de estructura continua y discontinua, que se enmarcan en distintas situaciones de lectura: educativas, públicas y personales. La prueba está compuesta por 65 preguntas de selección múltiple con respuesta única de 4 opciones.
¿Cómo son los textos que se utilizan para evaluar la competencia?
Ejemplos de los textos que se pueden asociar a las tres situaciones de lectura son las narraciones literarias, reglamentos informativos de carácter público, noticias, reportajes, columnas de opinión, entradas de enciclopedia, ensayos, reseñas, artículos de divulgación, artículos académicos, textos de referencia y discursos. Los textos pueden incluir temas con distintos niveles de densidad léxica y especialización, con vocabulario de uso extendido o propio del contenido, estructuras sintácticas que varían de lo simple a lo complejo, así como multiplicidad de voces y perspectivas.
Se describen cuatro niveles de desempeño de Competencia Lectora: CL3, CL2, CL1 y CL0, los cuales parten de un mayor nivel de competencia a uno menor. Además, para el caso del nivel CL1, se presentan dos descripciones de subniveles (CL1B y CL1A). Por último, para cada nivel se incluyen ejemplos de ítems que ilustran aquello que es representativo de cada nivel y, al final de la página, se incluye un glosario con términos relevantes.
CL0
Puntaje PAES
100 - 381
A continuación se muestra un ejemplo de ítem que podría responder un o una estudiante que se encuentra en este nivel.
De acuerdo con el contenido de la lectura a continuación, ¿qué se entiende por “características lingüísticas”?
A) Aspectos del lenguaje que se encuentran predeterminados genéticamente.
B) Particularidades del
lenguaje que permiten identificar a quien escribe un texto
C) Rasgos del lenguaje que implican la expresión de la emocionalidad de las personas.
D) Cualidades del lenguaje que condicionan la forma en que se comunican las personas.
Artículo escrito por María del Carmen Horno, publicado
en el sitio web Letras libres el 2021.
CULTURA
Las características lingüísticas de nuestros mensajes pueden ser tan eficaces para demostrar nuestra autoría que se han comparado a las huellas digitales o las pruebas de ADN.
Por María del Carmen Horno 04 mayo 2021
La propiedad más atractiva del lenguaje tal vez sea que nos permite expresar nuestros pensamientos y emociones. Ejercer la capacidad de hablar o de escribir no deja de ser, en ese sentido, una eficiente herramienta contra la soledad. Me conoces, lector, porque escribo. Leer los mensajes de alguien, sean estos breves como un tuit o extensos como un libro, implica dibujar una personalidad, conocer el modo en el que entiende el mundo, los deseos que le mueven, los miedos que alberga su cerebro. Y de este modo los hablantes ya no estamos solos en el mundo. Existimos, más allá de nosotros mismos, en la mente de los otros.
A nadie le es ajeno esto. Por eso las personas más tímidas, aquellas que tienen más pudor de manifestarse ante los demás, tienden a hablar menos y no son muy amigas de escribir en las redes sociales. Cada enunciado, cada mensaje es un retazo de nosotros mismos. Un regalo que ofreces y que te deja desnudo frente al auditorio. No obstante, hasta hace relativamente poco tiempo creíamos que de alguna manera podíamos controlar lo que contábamos a los demás. La escritura nos dejaba al descubierto, es cierto, pero pensábamos que podíamos elegir lo que decíamos y lo que no. Nuestra procedencia geográfica, nuestra adscripción social, nuestro género o nuestra edad, por ejemplo, eran datos sobre nuestra biografía que podíamos exponer u ocultar a placer. Siempre, en última instancia, podíamos dejar nuestros escritos sin firmar. Y entonces todo estaba oculto.
Eso creíamos, pero resulta que no es cierto. Nuestros mensajes revelan mucho de nosotros y lo hacen más allá del contenido de nuestras palabras y, por tanto (y esto es lo impactante), más allá de nuestro propio control. Con independencia de lo que estemos diciendo, las elecciones lingüísticas que hacemos (muchas de ellas automatizadas) están dibujando un perfil muy específico. Los especialistas pueden saber multitud de detalles sobre nuestra biografía a través de las palabras que elegimos, la forma en que ordenamos las oraciones, las decisiones ortográficas que tomamos o, en su versión oral, el modo en el que articulamos los sonidos. Todos estos rasgos, que difícilmente podemos controlar en su conjunto, pueden revelar nuestra procedencia geográfica, nuestro género, nuestra edad, nuestra profesión o nuestra clase social.
En realidad no es algo tan extraño, si lo pensamos bien. Se trata de que los viejos conocimientos que tenemos sobre el uso del lenguaje de ciertos grupos y comunidades se pusieran al servicio del objetivo único de saber cómo o incluso quién es el emisor de un mensaje. Y esto es lo que hicieron los lingüistas forenses, con un enorme éxito, por cierto. Las características lingüísticas de nuestros mensajes pueden ser tan eficaces para demostrar nuestra autoría que se han comparado con las huellas digitales o las pruebas de ADN. Saber quién ha sido el autor de un anónimo amenazante, decidir sobre asuntos de plagio o de suplantación de identidad son asuntos cotidianos en la labor de estos lingüistas que aplican todos sus conocimientos al mundo del derecho.
Sobre este asunto trata un pequeño libro divulgativo que recomiendo: Atrapados por la lengua, de Sheila Queralt. En él, la autora, que es lingüista forense en ejercicio, relata cincuenta casos en los que el análisis lingüístico fue decisivo para determinar si los sospechosos eran culpables de los delitos que se les atribuían. Y no solo eso. El análisis detallado de un mensaje puede dar información también sobre cuál fue la intención del emisor: ¿qué quería decir exactamente el jurista que redactó esta ley? ¿Podemos considerar un determinado correo como una amenaza o como simple advertencia? ¿Qué quiso decir exactamente el testigo del delito y cómo podemos traducirlo de la mejor manera posible a otra lengua? Estas preguntas y otras similares son fundamentales en el ejercicio de la abogacía y un análisis lingüístico puede ofrecer luz en todas ellas.
Y si un solo mensaje puede dar tanta información sobre cómo somos, ¿qué no sabrán de nosotros si recurren a cientos o miles de mensajes nuestros? Efectivamente, la denominada ciencia de los “Big Data” (también llamados macrodatos o datos masivos) puede extraer de nuestros mensajes ya no solo nuestras características sociolingüísticas –aquellas que forman parte de la comunidad y grupo al que pertenecemos‒, sino incluso nuestros rasgos de personalidad, nuestro estado de ánimo, nuestras carencias y nuestras fortalezas. Pero este es otro asunto del que hablaré en otro momento.
Horno, M. (2021). Tus mensajes dicen mucho de ti. Letras libres.
https://letraslibres.com/cultura/tus-mensajes-dicen-mucho-de-ti/
A continuación se muestra un ejemplo de ítem que podría responder un o una estudiante que se encuentra en este nivel.
¿Qué busca destacar la emisora cuando hace referencia a las personas tímidas?
A) Que los miedos contenidos en el cerebro condicionan la personalidad de los sujetos.
B) Que el desarrollo de las características lingüísticas nos permite la interacción con otros.
C) Que el uso de la función expresiva caracteriza tanto el lenguaje hablado como el escrito.
D) Que la información que
entregamos al comunicarnos revela aspectos de nuestra personalidad.
Artículo escrito por María del Carmen Horno, publicado
en el sitio web Letras libres el 2021.
CULTURA
Las características lingüísticas de nuestros mensajes pueden ser tan eficaces para demostrar nuestra autoría que se han comparado a las huellas digitales o las pruebas de ADN.
Por María del Carmen Horno 04 mayo 2021
La propiedad más atractiva del lenguaje tal vez sea que nos permite expresar nuestros pensamientos y emociones. Ejercer la capacidad de hablar o de escribir no deja de ser, en ese sentido, una eficiente herramienta contra la soledad. Me conoces, lector, porque escribo. Leer los mensajes de alguien, sean estos breves como un tuit o extensos como un libro, implica dibujar una personalidad, conocer el modo en el que entiende el mundo, los deseos que le mueven, los miedos que alberga su cerebro. Y de este modo los hablantes ya no estamos solos en el mundo. Existimos, más allá de nosotros mismos, en la mente de los otros.
A nadie le es ajeno esto. Por eso las personas más tímidas, aquellas que tienen más pudor de manifestarse ante los demás, tienden a hablar menos y no son muy amigas de escribir en las redes sociales. Cada enunciado, cada mensaje es un retazo de nosotros mismos. Un regalo que ofreces y que te deja desnudo frente al auditorio. No obstante, hasta hace relativamente poco tiempo creíamos que de alguna manera podíamos controlar lo que contábamos a los demás. La escritura nos dejaba al descubierto, es cierto, pero pensábamos que podíamos elegir lo que decíamos y lo que no. Nuestra procedencia geográfica, nuestra adscripción social, nuestro género o nuestra edad, por ejemplo, eran datos sobre nuestra biografía que podíamos exponer u ocultar a placer. Siempre, en última instancia, podíamos dejar nuestros escritos sin firmar. Y entonces todo estaba oculto.
Eso creíamos, pero resulta que no es cierto. Nuestros mensajes revelan mucho de nosotros y lo hacen más allá del contenido de nuestras palabras y, por tanto (y esto es lo impactante), más allá de nuestro propio control. Con independencia de lo que estemos diciendo, las elecciones lingüísticas que hacemos (muchas de ellas automatizadas) están dibujando un perfil muy específico. Los especialistas pueden saber multitud de detalles sobre nuestra biografía a través de las palabras que elegimos, la forma en que ordenamos las oraciones, las decisiones ortográficas que tomamos o, en su versión oral, el modo en el que articulamos los sonidos. Todos estos rasgos, que difícilmente podemos controlar en su conjunto, pueden revelar nuestra procedencia geográfica, nuestro género, nuestra edad, nuestra profesión o nuestra clase social.
En realidad no es algo tan extraño, si lo pensamos bien. Se trata de que los viejos conocimientos que tenemos sobre el uso del lenguaje de ciertos grupos y comunidades se pusieran al servicio del objetivo único de saber cómo o incluso quién es el emisor de un mensaje. Y esto es lo que hicieron los lingüistas forenses, con un enorme éxito, por cierto. Las características lingüísticas de nuestros mensajes pueden ser tan eficaces para demostrar nuestra autoría que se han comparado con las huellas digitales o las pruebas de ADN. Saber quién ha sido el autor de un anónimo amenazante, decidir sobre asuntos de plagio o de suplantación de identidad son asuntos cotidianos en la labor de estos lingüistas que aplican todos sus conocimientos al mundo del derecho.
Sobre este asunto trata un pequeño libro divulgativo que recomiendo: Atrapados por la lengua, de Sheila Queralt. En él, la autora, que es lingüista forense en ejercicio, relata cincuenta casos en los que el análisis lingüístico fue decisivo para determinar si los sospechosos eran culpables de los delitos que se les atribuían. Y no solo eso. El análisis detallado de un mensaje puede dar información también sobre cuál fue la intención del emisor: ¿qué quería decir exactamente el jurista que redactó esta ley? ¿Podemos considerar un determinado correo como una amenaza o como simple advertencia? ¿Qué quiso decir exactamente el testigo del delito y cómo podemos traducirlo de la mejor manera posible a otra lengua? Estas preguntas y otras similares son fundamentales en el ejercicio de la abogacía y un análisis lingüístico puede ofrecer luz en todas ellas.
Y si un solo mensaje puede dar tanta información sobre cómo somos, ¿qué no sabrán de nosotros si recurren a cientos o miles de mensajes nuestros? Efectivamente, la denominada ciencia de los “Big Data” (también llamados macrodatos o datos masivos) puede extraer de nuestros mensajes ya no solo nuestras características sociolingüísticas –aquellas que forman parte de la comunidad y grupo al que pertenecemos‒, sino incluso nuestros rasgos de personalidad, nuestro estado de ánimo, nuestras carencias y nuestras fortalezas. Pero este es otro asunto del que hablaré en otro momento.
Horno, M. (2021). Tus mensajes dicen mucho de ti. Letras libres.
https://letraslibres.com/cultura/tus-mensajes-dicen-mucho-de-ti/
A continuación se muestra un ejemplo de ítem que podría responder un o una estudiante que se encuentra en este subnivel.
¿Con qué finalidad se menciona al extraño sentado entre los señores Navot?
A) Para aclarar la
confusión de los Bornet frente a la procedencia del humo.
B) Para exponer la alegría de los Bornet debido a la llegada de nuevas amistades.
C) Para explicar la sorpresa de los Bornet ante el origen parisino del barco a vapor.
D) Para confirmar el motivo de enojo de los Bornet al ser reemplazados por un nuevo amigo.
Cuento escrito por Jules Renard, publicado en 1893.
Por la mañana las señoras van juntas al mercado.
― Me dan ganas de preparar un pato, ―dice la señora Navot.
― ¡Ah! A mí también, ―dice la señora Bornet.
Los señores se consultan cuando proyectan embellecer uno su jardín ventajosamente orientado, y el otro su casa situada sobre una loma y nunca húmeda. Se llevan bien. Mejor es así. ¡Con tal de que dure!
Pero es al atardecer, cuando se pasean por el Marne, cuando los Navot y los Bornet desean estar siempre de acuerdo. Los dos barcos, de la misma forma y de color verde, se deslizan uno al lado del otro. El señor Navot y el señor Bornet reman acariciando el agua como si lo hicieran con sus manos prolongadas. A veces se excitan hasta que aparece una primera gota de sudor, pero sin envidia, tan fraternales que no pueden vencerse uno al otro y reman al unísono.
Una de las señoras sorbe discretamente y dice:
― ¡Qué delicia!
― Sí, ―responde la otra― es delicioso.
Pero, una tarde, cuando los Bornet van a reunirse con los Navot para su habitual paseo, la señora Bornet mira un punto determinado del Marne y dice:
― ¡Caray!
El señor Bornet, que está cerrando la puerta con llave, se da la vuelta:
― ¿Qué ocurre?
― ¡Caramba! ―prosigue la señora Bornet― nuestros amigos no se privan de nada. Tienen un barco a vapor.
― ¡Demonios! ―dice el señor Bornet.
Es cierto. En la orilla, en el estrecho espacio reservado a los Navot, se divisa un pequeño barco a vapor, con su tubo negro que brilla al sol, y las nubes de humo que de él escapan. Ya instalados, el señor y la señora Navot esperan y agitan un pañuelo.
― ¡Muy gracioso! ―dice el señor Bornet molesto.
― Quieren deslumbrarnos, ―dice la señora Bornet con despecho.
― No sabía que actuaran con tantos tapujos ―dice el señor Bornet―. Por lo que a mí respecta, yo no habría comprado jamás un barco a vapor sin que ellos lo supieran. ¡Fíese usted de los amigos! ¡En fin! Yo había observado estos últimos tiempos que estaban algo raros. ¡Caramba, era esto!
― ¿Y si no fuéramos?
― Sería excesivo. Pero dado que ellos carecen de delicadeza, no les demos el gusto de sorprendernos. Permanezcamos indiferentes.
― Es muy pequeño su barco a vapor ―dice la señora Bornet―. Es apenas un poco más grande que el otro. ¿Qué te parece?
― ¡Oh! de lejos un barco a vapor causa más impresión. Además, ahora hacen verdaderas joyas.
Mientras tanto los Navot continúan haciendo gestos. Sin duda gritan:
― ¡Dense prisa!
Los Bornet descienden hacia el Marne y se guardan mucho de apresurarse.
― Está bien, vamos allá ―dice el señor Bornet―. ¡Qué desagradable, Dios mío!
― Nosotros también podríamos tener un barco a vapor si nos apretáramos un poco ―dice la señora Bornet.
Avanzan a pasos lentos, hacen como que bajan la cabeza, que la giran o que observan el cielo. Es verdad, su intención no es enemistarse con los Navot. Incluso están decididos a admirar adecuadamente, según es costumbre en sociedad, pero acaban de oír romperse, con un ruido seco, el primero de los finos hilos que unen los corazones, y la señora Bornet concluye:
― Solo soy una mujer, pero no soy mujer para nada: no olvidaré en mi vida lo que han hecho. ¿Y tú?
Sin responder, el señor Bornet la toma de la mano.
― ¡Alto ahí, amiga mía! ¡Estamos locos!
La señora Bornet se detiene, lo mira, mira hacia los Navot y dice:
― Mi pobre amigo, ¡qué espejismo!
Se frotan los ojos, apartan las hilachas de bruma y se creen cegados. Luego se echan a reír, silenciosamente, hombro con hombro, buenos de nuevo, satisfechos, felices de vivir en este mundo en el que todo tiene una explicación.
Sentado entre el señor y la señora Navot, en su barco habitual, un extraño fuma, tal vez algún amigo de París, que, grave bajo su chistera negra que brilla al sol, expulsa naturalmente el humo por la boca.
Renard, J. (2015). El barco a vapor. En
Obras-Colección de Jules Renard. Iberia Literatura.
A continuación se muestra un ejemplo de ítem que podría responder un o una estudiante que se encuentra en este subnivel.
¿Qué representa el barco de vapor en el relato?
A) La oportunidad para fortalecer la amistad entre las parejas.
B) El elemento que
desestabiliza la relación entre los vecinos.
C) La ostentación de quienes poseen más poder económico.
D) El ascenso social de quienes compiten con sus vecinos.
Cuento escrito por Jules Renard, publicado en 1893.
Por la mañana las señoras van juntas al mercado.
― Me dan ganas de preparar un pato, ―dice la señora Navot.
― ¡Ah! A mí también, ―dice la señora Bornet.
Los señores se consultan cuando proyectan embellecer uno su jardín ventajosamente orientado, y el otro su casa situada sobre una loma y nunca húmeda. Se llevan bien. Mejor es así. ¡Con tal de que dure!
Pero es al atardecer, cuando se pasean por el Marne, cuando los Navot y los Bornet desean estar siempre de acuerdo. Los dos barcos, de la misma forma y de color verde, se deslizan uno al lado del otro. El señor Navot y el señor Bornet reman acariciando el agua como si lo hicieran con sus manos prolongadas. A veces se excitan hasta que aparece una primera gota de sudor, pero sin envidia, tan fraternales que no pueden vencerse uno al otro y reman al unísono.
Una de las señoras sorbe discretamente y dice:
― ¡Qué delicia!
― Sí, ―responde la otra― es delicioso.
Pero, una tarde, cuando los Bornet van a reunirse con los Navot para su habitual paseo, la señora Bornet mira un punto determinado del Marne y dice:
― ¡Caray!
El señor Bornet, que está cerrando la puerta con llave, se da la vuelta:
― ¿Qué ocurre?
― ¡Caramba! ―prosigue la señora Bornet― nuestros amigos no se privan de nada. Tienen un barco a vapor.
― ¡Demonios! ―dice el señor Bornet.
Es cierto. En la orilla, en el estrecho espacio reservado a los Navot, se divisa un pequeño barco a vapor, con su tubo negro que brilla al sol, y las nubes de humo que de él escapan. Ya instalados, el señor y la señora Navot esperan y agitan un pañuelo.
― ¡Muy gracioso! ―dice el señor Bornet molesto.
― Quieren deslumbrarnos, ―dice la señora Bornet con despecho.
― No sabía que actuaran con tantos tapujos ―dice el señor Bornet―. Por lo que a mí respecta, yo no habría comprado jamás un barco a vapor sin que ellos lo supieran. ¡Fíese usted de los amigos! ¡En fin! Yo había observado estos últimos tiempos que estaban algo raros. ¡Caramba, era esto!
― ¿Y si no fuéramos?
― Sería excesivo. Pero dado que ellos carecen de delicadeza, no les demos el gusto de sorprendernos. Permanezcamos indiferentes.
― Es muy pequeño su barco a vapor ―dice la señora Bornet―. Es apenas un poco más grande que el otro. ¿Qué te parece?
― ¡Oh! de lejos un barco a vapor causa más impresión. Además, ahora hacen verdaderas joyas.
Mientras tanto los Navot continúan haciendo gestos. Sin duda gritan:
― ¡Dense prisa!
Los Bornet descienden hacia el Marne y se guardan mucho de apresurarse.
― Está bien, vamos allá ―dice el señor Bornet―. ¡Qué desagradable, Dios mío!
― Nosotros también podríamos tener un barco a vapor si nos apretáramos un poco ―dice la señora Bornet.
Avanzan a pasos lentos, hacen como que bajan la cabeza, que la giran o que observan el cielo. Es verdad, su intención no es enemistarse con los Navot. Incluso están decididos a admirar adecuadamente, según es costumbre en sociedad, pero acaban de oír romperse, con un ruido seco, el primero de los finos hilos que unen los corazones, y la señora Bornet concluye:
― Solo soy una mujer, pero no soy mujer para nada: no olvidaré en mi vida lo que han hecho. ¿Y tú?
Sin responder, el señor Bornet la toma de la mano.
― ¡Alto ahí, amiga mía! ¡Estamos locos!
La señora Bornet se detiene, lo mira, mira hacia los Navot y dice:
― Mi pobre amigo, ¡qué espejismo!
Se frotan los ojos, apartan las hilachas de bruma y se creen cegados. Luego se echan a reír, silenciosamente, hombro con hombro, buenos de nuevo, satisfechos, felices de vivir en este mundo en el que todo tiene una explicación.
Sentado entre el señor y la señora Navot, en su barco habitual, un extraño fuma, tal vez algún amigo de París, que, grave bajo su chistera negra que brilla al sol, expulsa naturalmente el humo por la boca.
Renard, J. (2015). El barco a vapor. En
Obras-Colección de Jules Renard. Iberia Literatura.